![]() |
| © Copyright 2026 Imagen propiedad de: Antonio Moreno |
Hubo una vez un reino próspero, de fértiles campos, villas bulliciosas y artesanos cuya fama cruzaba mares y montañas. Sus gentes trabajaban con el sudor de sus frentes, confiando en que el esfuerzo sería siempre recompensado.
Mas toda prosperidad despierta la codicia de quienes ansían el poder por encima del honor.
En aquellos días apareció un ambicioso cortesano llamado Don Pedro Guevs Gods, conocido por todo el reino como Pedro el Embustero. Era hombre de sonrisa afilada, lengua de serpiente y mirada siempre puesta en el trono ajeno. Decían las viejas del mercado que jamás pronunciaba una verdad si una mentira podía servirle mejor.
No conquistó el poder mediante hazañas, ni por el respeto de los nobles, ni por el amor del pueblo. Lo hizo tejiendo una inmensa red de intrigas, promesas imposibles y engaños cuidadosamente preparados. Unos fueron comprados con monedas; otros, seducidos por privilegios; y los más ingenuos, embaucados con discursos tan dulces como venenosos.
Cuando el viejo gobernador cayó en desgracia, Pedro ya había colocado a sus fieles en cada rincón del castillo. Poco después, el legítimo rey fue obligado a abandonar su propio reino mientras los heraldos proclamaban una nueva era de prosperidad.
Pero aquella prosperidad jamás llegó.
Los ocho años del gobierno de Pedro el Embustero parecieron ocho siglos para quienes debían trabajar cada amanecer. Los caminos se llenaron de impuestos; los graneros, de recaudadores; y las aldeas, de miedo.
Lo que antes era un reino unido comenzó a resquebrajarse como un viejo muro.
Vecinos contra vecinos.
Hermanos contra hermanos.
Comarcas enfrentadas por capricho de la corte.
Mientras el pueblo discutía entre sí, el palacio celebraba banquetes.
Pedro jamás caminaba solo. Siempre iba escoltado por su célebre ejército de horcos, criaturas grotescas de escaso juicio y enorme obediencia. No destacaban por su inteligencia, sino por repetir sin descanso las consignas de su señor.
Si el pueblo protestaba, los horcos respondían con burlas.
Si algún artesano denunciaba una injusticia, lo llamaban traidor.
Si un campesino preguntaba dónde terminaban los tributos, era señalado como enemigo del reino.
Los horcos ocupaban cargos, escribían pregones, vigilaban plazas y defendían cualquier decisión de su amo, por absurda que pareciera.
La verdad dejó de importar.
Solo sobrevivía la versión oficial.
Los impuestos crecían sin cesar. Los talleres cerraban. Los comerciantes abandonaban las rutas. Los jóvenes marchaban en busca de fortuna lejos de aquellas tierras. Cada invierno parecía más frío que el anterior y cada cosecha más escasa.
Sin embargo, desde los balcones del castillo seguían proclamando que el reino jamás había sido tan próspero.
Las demás coronas de Europa observaban con estupor aquel espectáculo. Donde antes admiraban una nación fuerte, ahora contemplaban un reino dividido, ridiculizado y convertido en motivo de chanza entre embajadores y mercaderes.
Pero ningún tirano gobierna eternamente.
En las tabernas, junto al fuego, comenzó a extenderse una vieja profecía.
Contaba la leyenda que algún día aparecería un caballero andante. No sería el más rico, ni el más famoso, sino aquel capaz de recordar al pueblo que la verdad vale más que mil mentiras y que la justicia pesa más que cualquier corona.
Cuando ese caballero llegara, los horcos ya no podrían esconderse tras sus gritos.
Las máscaras caerían.
Las trampas quedarían al descubierto.
Y quienes durante años utilizaron el poder únicamente para su propio beneficio tendrían que responder ante la justicia del reino.
Entonces las mazmorras, vacías durante demasiado tiempo para ciertos personajes de la corte, volverían a cumplir su propósito.
Y el pueblo, cansado de promesas huecas, comprendería que ningún embustero puede reinar para siempre, porque los castillos levantados sobre la mentira terminan derrumbándose bajo el peso de su propia falsedad.
Desde entonces, en todas las tabernas del reino, cuando algún fanfarrón pretendía engañar a los demás con palabras grandilocuentes, siempre había un anciano que sonreía y decía:
—Mucho cuidado... no vaya a resultarte digno sucesor de Pedro el Embustero.
Y el silencio que seguía a aquellas palabras valía más que cualquier discurso pronunciado desde un trono.






